Adri Humo (@humocefalo)

Decir algo decir lago

Las palabras que leo no tienen ningún significado, o quizás los tienen todos. El diccionario es un cementerio, los cementerios no saben bailar. Los fonemas son música que resuena en el cuerpo y cada uno se encadena con el anterior y la memoria es una infinita cuerda que vibra. Lo que quiero decir es que el significado es un área difusa de vibración que no puede conquistarse, ni mucho menos agarrarse. Lo que digo, lo que escribo, no son más que gestos que se alzan y caen como piedras en un lago. Después, las ondas de agua se propagan, se conocen y son con otras, guían a las carpas y los patos. Las piedras tocan fondo y entran en la lenta vibración de la tierra. El suelo, que habla con parsimonia y fonemas inmensos y universales. Solo las plantas entienden y son a la vez su palabra. Pero distintas palabras juntas hacen un lago o varios. La frase es un lago y, aun leyéndolo de izquierda a derecha, puedo nadarlo en mil direcciones y alturas. Las posibilidades de nado dependen de si "estoy en la onda" o, mejor dicho, de en cuál estoy. Ojalá saber escuchar la lengua del suelo (habrá que lamerlo primero? comer mucha verdura?) para estar en La Onda, para leer hasta un párrafo de ChatGPT como si fuera música y poco más. Por suerte, soy una onda pequeñita y puedo acercarme a los cantos pequeñitos, puedo aunarlos todos en el recuerdo y jugar a imaginarme el coro del mundo.

Creo que lo que trato de decir es que, cuando leo o cuando escucho, me pierdo. Me han dicho siempre que "leer es una escalera, entender es una escalera, un camino es una escalera" y yo me pierdo. Todo es una escalera y yo no sé qué es una escalera. Bueno, eso de ahí es una escalera, la escalera de mi portal; es la que uso para subir a casa todos los días. Pero escalera solo es su nombre. Es un camino, es una cuerda que vibra, es una galería de esquinas que me hablan de las horas. Si esa es la definición de escalera, entonces leer sí es una escalera. Pero hay escaleras que no son esta escalera y entonces no son leer. Si me hubieran dicho que "leer es un lago, entender es un lago, un camino es un lago" entonces no me perdería. De hecho, respondería emocionado "¡igual que las escaleras!".

Siempre me he perdido, pero he descubierto algo inaudito y estoy eufórico: perderse también es un lago. Problema resuelto. Aunque, ¿qué pasa si las personas-escalera no entienden que perderse es un lago o que ellas son en realidad personas-lago? Si piensan que son personas-escalera y además hay otras personas-lago que piensan que son personas-escalera y les recuerdan a las primeras que son personas-escalera, ¿terminan todas siéndolo? ¿cómo puedo escapar de la escalerización de los lagos? ¿estaré yo laguificando la escalera? ¿será todo más-que-lago? Creo que las palabras me están escalerizando, he vuelto a caer en su juego, voy a tomar aire:

Como hablo desde un lago, como tengo voz de lago, la escritura es un baño y una llovizna. Pues claro que las palabras y las escaleras son un lago. He buceado miles de veces en las escaleras de mi portal. Después de tanto lago estoy aturullado de lenguaje, pero siento el deber de mantener la metáfora. Me veo empujado a sistematizar y jerarquizar las ideas para continuar con el mismo hilo e imaginario. Con el mismo hilo imaginario. Creo que voy a pasar. No quiero escalerizar la escritura. Es importante que el hilo imaginario vibre con mi ayuda, pero sin hacerlo vibrar yo. Para ayudarle a vibrar solo tengo que mirarle muy fuerte. Voy a tomar aire:

Lo que leo, lo que pienso y lo que escribo siempre van por delante de lo que puedo. Esto sucede porque las tres cosas son imaginarias y la imaginación me excede. La imaginación es el delgadísimo y último límite de mi piel que puede sentir el delgadísimo y último límite del aire. El límite infinitesimal se revela nexo. Lo que leo, lo que pienso y lo que escribo son una brisa que voy pudiendo. También lo que escucho, saboreo, digo, veo, toco, siento, huelo... Toda experiencia es una brisa y toda enunciación un soplo. Los lagos tienen olas.

En el bosque una brisa fuerte desgarró una telaraña. Yo lo vi. Vi el momento exacto en que el viento abrió un agujero en la telaraña y rompió su simetría. Pensé en la simetría, la línea recta y la escalera. Y entonces lo entendí: el mundo tiende al lago. El aire y el agua discurren y hacen del mundo lago. La corriente, el flujo, el suceder, laguifican. Entendí también algo del canto pequeñito de la telaraña y la brisa: el viento no rompió la telaraña, ni la telaraña fue rota, ni hubo culpables. La telaraña ya sabía, en materia y forma, de la existencia del viento; nació ya sabiendo como quien nace y ya ama. Además, el viento ya sabía, en materia y forma, de la existencia de la telaraña y su ligereza; la miró nacer como quien sigue amando. No hay rotura violenta de la telaraña, solo hay diálogo. Hay un pacto íntimo: el viento necesita un camino muy concreto para seguir amando y la telaraña, ya sabiéndolo en materia y forma, le cede el paso. Pero también la telaraña ofrece y propone, porque quiere abrirse, y le dice al viento pasa mejor por aquí. Pero una cosa no es el también de la otra, son exactamente la misma cosa. El viento y la telaraña son amigos íntimos porque se susurran en el delgadísimo y último límite que es nexo. El uno al otro se continúan en ningún orden. No se suceden, se ocurren. El nexo es el punto indetectable del abrazo y el abrazo es el nunca hubo uno y otro.

La imaginación tiene que ver con la relación entre un cuerpo y el aire, con la brisa. En el gesto del cuerpo la brisa es el movimiento proyectado que excede los límites, es un cuerpo futuro que ya se sabe. Las condiciones espaciales, materiales, determinan el alcance de la imaginación: corrientes que interfieren o acompañan, objetos que guían o desvían. En la brisa está todo: el roce, el aroma y sabor transportados, los colores arrastrados, la vibración. La corriente todo lo une porque somos aire y agua. El aire y el agua son dos tipos de lago, son caldo de estesia. Imaginar es sentir presintiendo. ¿Cómo presentir más? ¿sintiendo más?

Ya estoy aquí otra vez, había ido a hacer pis. Una corriente quería abrirse paso y, en el roce interno de la brisa, he imaginado. Esto es serio. Una imaginación básica y primigenia, pero seria y real. No puede ser más aquí, más física. Las metáforas nunca son verdaderas –la verdad no existe–, pero son tan reales como hacer pis y tirar de la cadena. Si digo que escribir es un lago es porque escribir es un lago. Y si lo entiendo así es porque la piel de la escritura y la de los lagos es infinitesimalmente idéntica. Vuelvo en otro momento, hoy no sé ayudar a vibrar al hilo imaginario. Estoy tratando de despertarlo, de exigirle. Hoy no sé decir lago.

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